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Sobre el autor

Julián Sánchez García nació en El Tremedal (Ávila) el día 14 de octubre de 1923.

Seis años más tarde empezó su asistencia a la escuela.

Estudió hasta los doce años, que empezó sus primeros pasos como ganadero trashumante, hasta la edad de treinta y tres años. Desde entonces hasta los cuarenta y un años trabajó en oficios varios en Plasencia (Cáceres) y en Gandía (Valencia).

Emigró a Cataluña el año 1964 donde empezó trabajando en la construcción, pasando después a emplearse en una fábrica de transformados plásticos, donde continuó hasta pasar a su jubilación.

A partir de aquí trata de escribir algo concerniente a su pueblo natal.

Fuentes

Una gran parte de las fuentes son los testimonios directos recogidos en el propio pueblo. No obstante en una u otra parte se han tomado datos de los archivos y obras siguientes:

Archivo Diocesano

Libros de becerro entre los años 1456 y 1980

Ayuntamiento de El Tremedal

Diccionario G. de España

Editorial Espasa Calpe – Madrid 1958

Diccionario G. de España

Por Pascual Madoz – Madrid 1845-1850

Diario de Ávila 1991

Documento Medieval de los Archivos de Béjar y Candelario.

Por A. Barrios García y A. Martín Expósito – Edición de la Diputación de Salamanca.

El pan de la Rioja

Por Joaquín Giro Miranda – Editorial Jaimes Libros

El Arte Popular en Ávila

Institución Gran Duque de Alba – 1985

Ediciones del Movimiento

Editor Ta – Viana de Mondéjar – Madrid 1915

Historia de Barco de Ávila

Por Francisco Mateos. Edita Ayuntamiento de Barco

Historia Vida y Costumbres de un pueblo Castellano

J. Sendin Blázquez – Salamanca 1990

Iglesia de El Tremedal 1895-1992

Memorias de un pastor Riojano

Por Demetrio Pérez Laya – Edita Jaimes Libros

Nomenclátor y Censo de la Provincia de Ávila

Ávila 1860

Documentación familiar.

Palabras que años atrás eran muy usuales en El Tremedal

Acachinar: Matar

Acina: Montón de mieses en la era a punto para trillar.

Aguachinar: Llenar o empapado de agua.

Ainas: Por poco (ainas te caes a la regadera).

Ajuar: Ropa y enseres que llevan los recién casados.

Alampar: Está alampado, tener ansia por algo.

Aliñar: Adecentar, aliar las patatas para comer.

Al ventístate: Que está al hostigo, al viento.

Asil: Cabezada con púas que se pone al becerro para que la madre no le deje mamar.

Alípede: Golfillo, inquieto.

Alquirir: Adquirir una cosa.

Atijo: Pequeño envoltorio.

Atollarse: Atascarse en el fango o trampal.

Bastardo: Culebra más grande de lo normal.

Bilmar: Pequeño arreglo a las abarcas.

Bula: Documento eclesiástico que permite comer carne los días de abstinencia.

Cobija: Prenda de vestir o manta pequeña.

Cabrillas o cabras: Erupción en las piernas por el calor de la lumbre.

Cabuchar: Cavar superficialmente.

Cachuela: Al sacrificar el cerdo se hace la cachuela o matanza.

Caldereta: Forma de guisar los pastores la carne.

Caldero: Vasija de hierro donde guisaban los ganaderos.

Calabozo: Herramienta apropiada para cortar zarzas.

Colambre: Piel de cabrío que al desollarse se saca a propósito para hacer una vasija que ya preparada se envasaría vino o aceite.

Calvotero: Vasija con agujeros para asar las castañas.

Calvotá: Dícese a una cantidad pequeña de castañas para asar.

Contenta: Agasajo o propina a un guarda.

Costal: Saco de lona, para envasar el grano.

Coritos: Persona que con la guadaña siega la hierva para heno.

Cordel: Camino o cañada para pasar el ganado.

Cuajo: Llanto y pataleo: el estómago de cabrito o cordero pequeño.

Chapuza: Trabajo mal hecho.

Chisquero: Mechero de mecha.

Chuzos: Gotas de agua que al gotear de los canales quedan congeladas.

Chumarro: Trozo de carne asada.

Dambas: Ambas, dos.

Derrotaor: Destrozón, que gasta mucho.

Desviejar: Señalar al animal que es viejo.

Emburniega: Animal que pasa el invierno en el pueblo y no baja a Extremadura.

Emprestar: Prestar una cosa.

Endenantes: Antes, hace un rato.

Encampar: Despedir al marcharse los ganaderos o ganado.

Entresijo: Parte interior del vientre del animal, las mantecas o sebo.

Eral: Novillo que tiene dos años.

Escaño: Banco ancho con alto respaldo.

Escusa: Cabezas de ganado que el amo mantiene al ganadero, siendo para este su producción.

Eslabón: Pieza metálica de acero.

Estezadera: Herramienta para raspara el pelo a una piel.

Estazao: Piel curtida de los pastores.

Fuldamentos: Ropas mal confeccionadas y desproporcionadas.

Gancho: Que puesto en una vara se sujeta a la oveja a cierta distancia.

Gandumbas: Cobardón, tranquilo, basto.

Garrobo: Poco activo, que le gusto aprovecharse de los demás.

Goler: Fisgar, hablar con unos y otros de cosas sin interés, curiosear.

Gobanilla: Articulación y parte de la muñeca.

Hachero: Madera apropiada para colocar las velas en la iglesia.

Hace: Haz, porción atada de heno, mieses o leña.

Jalbegar: Con tierra blanca para blanquear las paredes interiores.

Jamar: Comer.

Juncia: Raíz de esta planta, muy amarga y de olor desagradable, que se administra como curativo al ganado.

Jipar: Ladrido seguido y distinto que hace el perro mastín al ir tras un animal salvaje.

Jato: Lío de ropa, jato de los pastores.

Juye: Huye, correr aprisa.

Lagarta: Mujer astuta y mal intencionada.

Larguero: Vara larga para mover la lumbre al estar calentando el horno.

Levadura: Levadura, harina fermentada imprescindible para amasar el pan.

Lobá: Dícese cuando el lobo mata varias ovejas.

Lóbado: Enfermedad del ganado vacuno. Carbunco.

Lumbrera: Separación de dos tejas en el techo de la cocina para salida del humo y entrada de la luz.

Llamadera: Aguijada, vara para guiar la yunta de vacas.

Llares: Cadenas gruesas de hierro para colgar el caldero encima de la lumbre.

Machorra: Estéril, dícese de la hembra que no pare.

Majá: Majada, lugar donde en la noche se albergan ganaderos y ganado.

Majos: Ropa nueva y vistosa.

Majano: Piedras movedizas y que en la tierra de labor se amontona.

Mampara: Resguardo movible para los pastores, hecho de madera y cubierto de aneo o juncos y también puede ser metálica.

Manear: Poner una cadena en las manos de una caballería.

Manzar: Dícese de la leche que formando un movimiento continuo en un recipiente hondo y estrecho, parte de ésta se transforma en mantequilla.

Marrá: Tierra que alrededor de un árbol o majano, que en parte no se labró.

Mayoral: Encargado de trabajadores, ganaderos, pastores.

Mercar: Comprar alguna cosa.

Mezucón: Meticón, curioso en demasía.

Moraga: Trozo de carne asado en la lumbre.

Mostrenco: bruto, torpe.

Peal: Media sin pie, que se sujeta a éste por una trabilla de tela.

Pedernal: Variedad de cuarzo que da chispas al ser rozado por el eslabón.

Pena: Dinero que cobraba el guarda al encontrar un animal en finca ajena.

Perras: Monedas sueltas, dinero.

Piquera: Pequeña herida en la cabeza.

Polainas: Bota de la pierna que cubre a estas hasta las rodillas.

Potaje: Legumbres secas guisadas con aceite para comer en día de abstinencia.

Probe: Pobre.

Puches: Leche con harina que hervirá para que espese.

Rabero: Ronzal, trozo de soga.

Rapaterrón: Al rape, a ras de suelo.

Reata: Soga usada para sujetar las cargas en un burro.

Regajo: Trozo de tierra fértil de hierba.

Rebollo: Roble pequeño.

Remudo: La ropa para mudarse.

Respingar: Dar saltos, retozar.

Retejón: Trozo de teja.

Segureja: Hacha pequeña.

Segurón: Hacha grande.

Soldá: Sueldo que percibía el ganadero.

Soltar: Dar larga a las ovejas que están en el redil.

Tasajo: Carne cortada a tiras y puesta a secar.

Tarabilla: Trozo de madera redondeada que puesta en una punta de la soga, ayuda a apretar el haz.

Tempero: Humedad de la tierra.

Torrezno: Trozo de tocino frito.

Toza: Trozo de madera para partir la carne.

Trabajo: El rayo se decía, le mató un trabajo.

Trocha: Vereda angosta, que sirve de atajo.

Ventorro: Venta de hospedaje reducido donde pasaban la noche los arrieros y ganaderos de cordel.

Vicio: Estiércol, excrementos de los animales.

Yesca: Sudoración de algún roble viejo.

Yunta: Un par de vacas o caballerías.

Zaguero: Dícese cuando uno va retrasado.

Zagal: Muchacho ayudante del pastor.

Zajones: Zahones, delantal de cuero con perniles abiertos atados a los muslos.

Zurrón: Bolso de piel, con un solo corte en el cuello, que se ha sacado a un anal pequeño.

La taberna

La taberna o posada era el lugar donde pernoctaban los arrieros que llegaban a los pueblos, normalmente cabalgando. Tenían que buscar un lugar para resguardarse del frío o del agua y pasar la noche. Es probable que la cama se la hiciera en el portal de la posada, seguramente con los aparejos de la bestia, o con un poco de heno.

El Tremedal no es una lugar de paso de arrieros, no obstante no faltaban en ocasiones los vendedores como tío Santos, que varias personas recordamos, que además de hacer miedo a los niños pequeños, vendía buen aceite de oliva y pimiento. Entonces no había otro aceite. Estaba envasado con las colambres que había cargado en el Valle. En los años que existieron las cartillas de racionamiento, 1940-52, se vio obligado a ocultarse alguna vez en las casa de abajo o sitio semejante, puesto que llegaba al pueblo la Guardia Civil haciendo el recorrido, y si le veían podían detenerle ya que no se podía vender nada. Todo estaba requisado para el racionamiento.

En la taberna también pasaba la noche la Guardia Civil de Becedas, o los segadores y henadores que llegaban en tiempo de segar y recoger el heno y el centeno y que necesitábamos de su trabajo.

No tenemos ningún dato de si en la antigüedad existió alguna taberna, solamente sabemos que tío Miguel García, aproximadamente en 1925, se encargaba de ella. En invierno, al no poder hacerse el baile en el Chinarral, la juventud lo hacía en la taberna. Las noches de baile y broma que se pasaba, pues claro en invierno no podía hacerse en el Chinarral.

Después de tío Miguel, la puso tío Manuel Sánchez, como también algún año el bar de la fiesta. Éste la dejó sobre el año 1964 y en adelante no volvió a haber.

Los bares fueron sustituyendo a las tabernas en todos los sitios, y ya no se habla de ellas.

En la taberna se cantaban canciones, de las que recordaremos alguna:

Al entrar en la taberna

lo primer que pregunto

si la tabernera es guapa

y el vino tiene buen gusto.

Viva la gente del trueno

viva la gente tronera

que en la casa de mis padres

yo soy el más borrachera.

Tiene la tarara,

un vestido blanco

que sólo se pone

en el Jueves Santo.

(Estribillo)

La tarara sí

la tarara no

la tarara madre

que la bailo yo.

Tiene la tarara

un dedito malo

que no se lo cura

ningún cirujano.

Estribillo

Tiene la tarara

tiene lo que tiene

tiene las orejas

detrás de las sienes

Estribillo

Tiene la tarara

una camiseta

que de puro fina

se le ven las tetas

Estribillo

Tiene la tarara

un cesto de frutas

y si se lo pido

me da las maduras

Estribillo

Tiene la tarara

una bicicleta

que todo el que la monta

le echa a hacer puñetas.

Pasado varios años sin que haya taberna en el pueblo, y con la buena intención de pasar unos ratos de convivencia, ha surgido la idea de habilitar las escuelas de las eras para Local Social. Pensando que las escuelas cerradas lo que hacen es deteriorarse. Por lo cual, el verano de 1993, se compran algunos enseres, mostrador, botellero, bebidas, etc, con la aportación y colaboración de todos, se hace servir como Local Social del pueblo.

La matanza

La matanza o cachuela, como la mayoría de la vida de El Tremedal, se fundamentó en una antigüedad tan remota, como imposible de averiguar. (Hasta en la fecha en que el pueblo comenzó a despoblarse porque sus gentes querían algo más, estaban deseosos de cambiar el campo por la ciudad, no con pocos recelos; como decimos en otra parte del libro, esto fue en la década 1960-70. Hasta la mencionada fecha la matanza se hacía como manda la tradición, cada familia llevaba a cabo su “cachuela” anual. Lo fundamental para su celebración, cosa que resulta lógica, es disponer del cerdo, animal convertido en víctima del acontecimiento. Esto no tendría dificultad, puesto que el cabeza de familia al estar lo más normal en Extremadura, al llegar la primavera adquirió el cerdo en el mercado de ganado más próximo, así como también lo harían otros compañeros de majada y de esta forma al ser los animales de poco valor, por ser jóvenes, que si nos remontamos a los años 1930-1935 la pareja de cerditos no sobrepasaba el coste de los diez duros. Al llevarlos a la dehesa, la manutención no les costaba nada, puesto que comían hierba y así crecían y se desarrollaban, para cuando llegara el tiempo de empezar a cebarles ya en el pueblo. Había un dicho de buen humor, de cuando los ganaderos compraban los cerdos. Como por aquel entonces, la carta era el único medio de comunicarse, cierto hombre escribió a su mujer y le decía que no habían comprado los cochinos.

Al encontrarse con una vecina, la dice: me ha escrito mi hombre, pero no trae la carta como “sustancia”, dice que no han comprado los cochinos, y claro aquí viene la gran risotada de los demás, por referirse a la “sustancia”, la mujer lo que intentaba decir es, nada de particular.

Al iniciarse el mes de septiembre, y ya en El Tremedal, se empezaban a cebar los cerdos, comenzándoles a echar cada día un poco más de comida, hasta llegar a que coma lo que quiera, y entonces el animal, empieza a coger kilos hasta pasado un par de meses y a veces tres, que es cuando está para sacrificarle y entonces una noche no le echan de cenar. Me recuerda esto, un refrán que alguna vez oí de un asno y un cerdo.

El asno disgustado le decía al cerdo: tengo un mal amo, sólo hace darme trabajo y escasa comida, y entonces el cerdo le contesta, pues a mí todos me halagan y como lo que quiero, y entonces el asno le dice: “Dios te libre de una noche quedarte sin cenar”.

Es obligado dejar al cerdo sin comer la noche anterior a su sacrificio, con el fin de que esté menos lleno y no se rompan las tripas al sacar el vientre.

En El Tremedal los cerdos se engordaban principalmente con patatas cocidas mezcladas con salvado, consiguiendo una pasta muy nutritiva, otros piensos complementarios que se les ha administrado es la cebada y sobre todo el centeno en harina de alto valor nutritivo y que facilita un buen engorde natural en la última época del cebado. Algún tiempo antes de la matanza el ama de casa trata de disponer todo para que nada falte a última hora.

Los preparativos han de estar ultimados si se quiere evitar desagradables sorpresas, por lo cual la mujer de la casa se cogía la burra muy de mañana y se disponía a salir camino del Barco a comprar todo lo necesario, sin olvidarse poner encima del animal las alforjas de listas blancas y azuladas, ribeteadas con filtros rojos, y en su interior una servilleta sujetaba la merienda entre sus puntas anudadas, junto a una varita fina de mimbre, que era la exacta medida del pie de uno de sus muchachos para comprarle una abarcas de goma. Al llegar a Barco y después de dejar la burra bien atada en la posada, puesto que había quedado el buche en casa, y de no sujetarlo bien se marcharía en busca de su hijo. Ahora se dirige a comprar las tripas para las morcillas y chorizos, la sal, pimentón, las cuerdas, sin olvidar comprar una caja de dulces, así como el vino y el aguardiente de alambique, para invitar a quien les ayude a matar el cerdo. Comprado lo necesario y ya en la posada se come la merienda y después de cargadas las alforjas en la burra podrá montar en ella, si no lleva demasiado peso, y tardará un poco menos de lo normal en la subida, porque el animal irá más aprisa para llegar al pueblo y así dar de mamar a la cría.

Algún tiempo antes, el marido tendrá recogidos un haz de helechos para que estén secos y así poder socarrar el cerdo debidamente. Otra función a él encargada, consiste en mondar las calabazas y las cebollas, siendo ayudado en tal menester por otros miembros de la familia. A continuación en casa se prepara una buena lumbre, ya que se disponía de una buena leña de roble, llenando un caldero grande de calabaza y después de colgarle en las llares, se echa el agua necesaria para su cocción, teniendo previsto un cucharón de madera para darle la vuelta. Con las cebollas se hará igualmente que con las calabazas, pues igual unas que otras, hacen muy buenas morcillas. Una vez bien cocido, se aparta el caldero de las llamas para que el contenido se vaya enfriando. Aun así y para evitar posible quemaduras, se va sacando del caldero con una sarten y echándose a un saco lo más flojo posible, para que se pueda escurrir con facilidad. Para conseguir la separación total del agua, se pone encima del saco algún objeto de peso, este escurrido es muy lento, siendo importante que escurra al máximo, de esta forma luego al colgar las morcillas ya no escurrirán, o escurrirían menos, el número de calderos de calabaza y cebolla, está en la proporción al volumen de morcillas que se desean hacer.

Después de efectuado el trabajo de la cocción, ya se pueden disponer a sacrificar el cerdo o los cerdos. La noche anterior ya se ha invitado a los familiares más allegados a la “cachuela”, que aquí siempre resultó ser un acontecimiento muy familiar. Al día siguiente y muy de mañana, después de tomar el aguardiente y los dulces, los hombres van a buscar el cerdo a sacrificar. Para matarlos no faltaban manos varoniles que les echaban encima de una fuerte mesa de madera con cuatro patas muy fuertes, ya que el animal en los umbrales de la muerte manda una gran fuerza. Ya encima de la mesa el matador le hincaba el cuchillo, teniendo previsto una vasija para recoger la sangre que sin mediar tiempo habría que batirla para que no se cuaje, para luego condimentar las sabrosas morcillas de sangre y cebolla.

Cuando el cerdo ha muerto, se le baja de la mesa y se pone tripa abajo con las manos y patas abiertas, ya está dispuesto a socarrarle con los secos helechos que en su día se segaron. Al estar socarrado por esta parte, se le da previamente la vuelta para socarrarle la tripa y las patas, que después de todo bien raspado, se volverá de nuevo encima de la mesa, sacándole el vientre, asimismo las mantecas que se colgarán en una cuerda para que se enfríen, lo que se consigue en poco rato en estos días invernales. Van luego las manos a las vísceras que se cuelga con el fin de que escurra la sangre que las empapa, procurando que salgan bien limpias para a continuación quitarles la hiel.

Con todo el interior limpio, se deja hasta por la tarde con el fin de que la carne se endurezca y entonces iniciar el descuartizamiento. Acto seguido y para que el vientre que los hombres terminan de sacar no se enfríe, se dirigen una o dos mujeres a la poza del Arroyo Mayor, para desurdir el vientre o los vientres y sacar el llamado entresijo, que sirve para añadírselo a las morcillas.

Cuando regresaban a la casa matancera las mujeres se las invitaba con una perrunilla o quizá un poco de café, si es que por aquel entonces se conocía. También se ha mandado ya a reconocer la carne al veterinario, pues mientras éste no dé el visto bueno, no se degustará nada del cerdo.

El dueño de la casa acude solícito a por una jarra de vino, siendo pasada de mano en mano para que nadie quede sin dar el merecido trago que tan bien sabe a estas primeras horas de la mañana. No pudiendo comer un trozo de corteza por no haber llegado el resultado sanitario.

La comida será más tarde de lo normal, todos dispuestos a comer con alegría familiar, es probable que no falte de postre el arroz dulce que todos esperaban por ser el postre preferido en estos casos.

Al terminar de comer y ya bien mediada la tarde, llega la noticia de que el cerdo ha salido “bueno” en la inspección veterinaria; este reconocimiento se viene efectuando, más o menos, hace 40-50 años, pues anteriormente no había nada de esto, o al menos a estos lugares no llegaba. Ello venía a significar que se podía comer del cerdo, por tanto los muchachos, que ya esperaban, ya podían comer el rabo, que algún hombre les hacía trozos con el cuchillo matancero. Sólo los más pequeños gozaban del privilegio de comer rabo. Tal es así, que si entre los muchachos había alguno entre 12-14 años, hacia ellos iba dirigida la siguiente frase pronunciada por quien partiera la cola: -Tú no eres niño para corteza ni para rabo- ¿Esto qué significa? Pues ni más ni menos que el rabo es para los pequeños y la corteza para los mayores. A la novedad del rabo estaban todos los muchachos del pueblo, es una tradición de siempre, a continuación pedían se les diera una soga para poner un columpio, y al columpiarse entonar estas canciones que son exclusivas de este tipo de ocio o entretenimiento infantil:

San Juan de la Bellota,

que tiene la tripa rota.

¿Con qué se la curaremos?

Con un palo le daremos.

¿Dónde está ese palo?

La lumbre lo ha quemado

¿Dónde está la lumbre?

El agua la ha apagado

¿Dónde está ese agua?

El buey se la ha bebido

¿Dónde está ese buey?

A comer trigo se ha ido

¿Dónde está ese trigo?

La gallina se lo ha comido

¿Dónde está esa gallina?

A poner huevos se ha ido

¿Dónde está ese huevo?

El cura se lo ha comido

¿Dónde está ese cura?

A decir misa se ha ido.

A una, a dos, a tres.

Que se baje el que está y suba otro, otra vez.

A última hora de la tarde y después de recoger los animales y echarles el heno, se reunían de nuevo los hombres para seguir descuartizando al cerdo ya que está endurecido y se hace mucho mejor. Previamente ha sido cortada la cabeza, ahora se procede a separar las costillas, aislando de éstas el espinazo, cortando y separando los tocinos.

Todas estas partes se pasan a otra mesa para dejar los tocinos, después de haberles recortado, dejándolos a punto para salarles. Hecho todo esto, habiendo cortado las gorduras adecuadas para hacer las morcillas, separando toda la carne a picar, la de las morcillas a una artesa y la de los chorizos a otra.

Es probable que en estos días, se hubieran matado un animal joven de cabra u oveja para revolver con la carne del cerdo y para que los chorizos aumenten, puesto que el año es largo y, como dicen las amas de casa, hay que cortar muchas veces. Después de efectuadas todas estas separaciones ha llegado el momento de picar toda la carne separadamente de morcillas y chorizos. En la actualidad tal menester se realiza con máquinas de manivela por lo que es fácil de hacer, sin embargo hasta no hace muchos años el picado se llevaba a cabo a mano.

Picadas las gorduras para las morcillas, se añadiría la calabaza y la cebolla que al efecto se coció, se adereza con pimentón, ajos, sal y algunas especias y esto es lo que se dice, el mondongo que ya está listo para embutir. Después de bien mezclado y haber frito un poco en la sartén para probar como está de sal y pimentón. Con todo esto, las mujeres se ponían a atar las tripas y un hombre a dar a la manivela de la máquina y a la hora de cenar, aunque fuera un poco más tarde, ya estarán embutidas las morcillas.

Ahora el embutir se efectúa con brevedad, no así en al antigüedad, que se embutía a mano, con un embutidor hecho de un trozo de asta de diámetro de las tripas. A continuación y después de un ajetreado día, llega la cena que se hará con toda tranquilidad y armonía, comentando alguna anécdota apropiada.

El siguiente día se harán los chorizos, que previamente se había mezclado todo lo destinado a ellos, así como la carne de otro animal, si la había, aderezándolo con los condimentos más o menos como las morcillas. También se procederían a trocear los huesos, que antes se había quitado parte de la carne para el embutido, que se pondrían en adobo dos-tres días, para luego colgarles cerca de la chimenea. Los tocinos y jamones también se meterán en sal, los tocinos podrías dejarlos lo que quieran, pues no toman más sal que la necesaria, no así los jamones, que tiene que estar un tiempo determinado. Efectuados estos laboriosos trabajos, poco más queda por hacer, únicamente colgar en la cocina unas varas que ya había de años anteriores, y esperando que no se airee el embutido, pues a veces se les separa la tripa de la carne y hay más peligro de que se deterioren.

Antes de terminar el capítulo de las matanzas, recordamos con nostalgia como hasta hace no muchos años, todos o al menos la mayoría de vecinos, hacían la matanza, mientras que en la actualidad, no se hace en el pueblo “cachuela” alguna.

Y por último ha llegado la despedida, bebiendo un trago de vino o aguardiente, repitiendo una vez más las frases de costumbre y con cariño familiar: Bueno familia, que se coma con salud y no sirva para ollas de enfermos.

(Refranes de las matanzas)

El que mata el cerdo temprano

pasa buen invierno

pero mal verano.

Con la ayuda del vecino

mi abuelo mató el cochino.

El año tiene más días

que el cochino morcillas.

Siete años pasé en Francia

sirviendo en una mondonguera,

ella poco pan me daba

“mondongo” lo que quisiera.

Cencerradas

La cencerrada ha sido poco corriente en nuestro pueblo y surgía algún caso muy de tarde en tarde. Consistía en que un viudo o viuda se proponía contraer su segundo matrimonio, cosa que en la antigüedad se veía muy disparatado, por aquello del que dirán. A éste “qué dirán”, desafortunadamente se le tuvo muy en cuenta entre nosotros. Hoy por suerte ya no importa nada lo que digan.

Nos parece bastante anormal el que esto se conceptuara así, puesto que en la antigüedad el problema de la procreación preocupaba profundamente a todas las personas, puesto que la mortandad de niños era muy alta, y por otra parte, creo que toda persona amor corporal y social, ya que de ahí proviene, como sabemos, la procreación, por lo cual parece que no tiene sentido este rechazo de la sociedad.

Esta pareja de referencia, al disponer a contraer matrimonio, lo tenían sumamente reservado, pero siempre surgía una lengua indiscreta que se enteraba de la fecha que se iba a celebrar la boda y daba la voz.

En este caso, los mozos, como de campanillas no andaban mal, ponían a punto una o dos por barba, y mozos y mozas sonándolas con griterío, calle arriba y calle abajo, corriendo propiamente la cencerrada con una gran juega, que es lo que más interesaba. Siempre había alguien que improvisaba alguna copla burlona, dedicada a los del casamiento, intencionadamente mal expresada.

Que se casaran o no al amanecer, eso ya es lo de menos, lo importante es celebrar esta costumbre, para después quizá hacer un poco de baile y celebrarlo con vino y tasajos, para ir a dormir a altas horas de la madrugada, no sin haber cantado antes repetidas veces:

Me casé con una viuda

porque decía que era rica

como la rica era ella

ella es la que administra

No te cases con viudo

aunque te lleve de fiesta

que luego pregona a voces

que mejor la otra que esta.

La despedida te doy

la que Cristo dio en el río

los peces lloran por agua

las viudas por marido.